
Estuve hace unos días en Lanjarón, un pueblo de La Alpujarra en el que hay un balneario que data del siglo XVIII y es igualito a los que aparecen en las películas, con su montón de viejitos y viejitas en bata y chanclas, con su vaso de agua medicinal en la mano y saliendo o entrando a hidroterapias que alivian dolores de huesos, problemas circulatorios y demás.
Me hospedé en un hotel de los muchos que hay en la zona y si bien me correspondía una habitación que daba a la calle, fue rechazada porque esa calle es la principal, continuación de la carretera que une a los demás pueblos de La Alpujarra y el ruido es intenso y permanente. Terminé en una habitación que daba al lado de atrás, silencioso y fresco.
Tras dormir una siesta corta el placer terminó gracias a la presencia de una chinche. Bueno, decir una chinche es mentira. Fueron varias, de la especie Cimex lecatularius. A la primera la maté apresuradamente y le extraje gran cantidad de sangre que quedó embarrada como muestra fehaciente sobre la blanca sábana, luego vino la matanza de otras más, grandes y chicas.
Como soy solidaria pedí se avisara a los conocidos sobre el asunto y hubo una pequeña mudanza a deshoras a habitaciones mejor acondicionadas.
Los del hotel informaron que los de la fumigadora informaron que había una plaga. Pero no dieron mayores datos, ni de dónde venían, ni si habían picado gente, animal, mineral o flor, de dónde procedía esa sangre que evidentemente no era mía porque yo no tenía ningún piquete en mi cuerpecito, ni hubo análisis del ADN ni ofrecimiento de armas antichinches más allá de las uñas propias. Yo sabía que eran chinches de las denominadas de cama, pero me puse a dudar si las camas tendrían sangre.
Yo busqué en el periódico y pregunté a los vecinos del pueblo, a los cientos de viejecitos que se paseaban encuerados bajo su albornoz, a los que hacían fila para que les dieran agua de la que provoca histórica diarrea, a los comensales del mediodía. Nada, nadie sabía nada y sólo recibía miradas raras. De pronto ya nada se dijo sobre las chinches. Incluso los que se mudaron gracias al aviso oportuno prefirieron no hablar al respecto.
Es la primera vez que estoy en medio de un asunto que debe acallarse de forma urgente, por ello me limité a que me bañaran con el chorro de una inmensa manguera, a ir a la piscina dinámica, a que me dieran un masaje para drenar mi sistema linfático y me pusieran un gel que olía a éter, tomar mi agua para hacer mucha pipí y fingirme una más entre todos los mojados del camino.